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¿Procrastinación?

La palabreja de moda, desde hace un tiempo, en las redes sociales nos viene a recordar esos momentos en que dejamos de hacer las tareas que tenemos pendientes, o que deberíamos estar haciendo porque tienen un plazo cercano de vencimiento.

Si estás leyendo este artículo es porque, en algún momento, has vivido la sensación del hastío y has tomado la decisión de aparcar por un momento el trabajo que tienes que hacer, esperando que ese descanso te motive a continuar posteriormente: no te engañes, no es así.

La procrastinación puede deberse a varias razones:

  • Miedo al éxito,
  • Miedo al fracaso,
  • Miedo a ser juzgado,
  • Miedo a lo desconocido,
  • Perfeccionismo,
  • Exceso de planificación,
  • Expectativas irreales,
  • Baja autoestima y,
  • Ausencia o falta de propósitos concretos o de dirección a tomar.

ProcrastinaciónSin embargo, buscando entre las diferentes fuentes que pueden ayudarnos a solventar este tipo de razones que nos llevan a la situación de abandono, he encontrado que hay siete estrategias que nos pueden ayudar a solucionarlo. Con ellas, podremos conseguir nuestro propósito a través de unos pequeños cambios en nuestra mentalidad y en la forma de acercarnos a resolver las situaciones.

Estas estrategias son:

  1. Piensa sólo en el marco temporal de lo que es un día.
  2. Visualiza tu entorno de trabajo y tu día ideales para lograrlo.
  3. Trabaja en tareas pequeñas que, posteriormente, se podrán incrementar una vez que te acostumbres.
  4. Utiliza la regla de los dos minutos: adoptar un nuevo hábito no debería llevarte más de dos minutos en hacerlo.
  5. Implementa el método de la cadena en el calendario.
  6. Procrastina cuando procrastines: pospón a mañana el comportamiento negativo.
  7. Date el reconocimiento positivo que mereces tan pronto como sea posible.

Piensa sólo en el marco de lo que es un día

Llegar a adquirir un hábito o terminar un proyecto puede necesitar de meses, por lo que deberíamos pensar en un plazo futuro inferior, es decir, no debemos planificar mucho porque, en ese caso, tendemos a sobrecargarnos y, por tanto, desmotivarnos por ello. Pongamos un ejemplo: si quieres escribir un relato de diez mil palabras, es bueno planificarlo y detallarlo en plazos pequeños, de manera que sean tareas asumibles y realizables en el plazo que nos marcamos. Un símil sería cuando nos ponemos a dieta: si pensamos que queremos perder peso en seis meses, no podemos pensar en lo que tenemos que lograr sino en lo que vamos a hacer cada día, pero sólo ese día, es decir, nuestro propósito es realizar la tarea planteada para las próximas veinticuatros horas e intentar cumplirla: comer lo mejor posible y sano que se pueda en esas veinticuatro horas, sin pensar en el día siguiente o en la semana siguiente, o en cuando te vayas a pesar (corregir el trabajo). Una vez que el día ha terminado, hay que plantearse el día siguiente.

Visualiza tu entorno de trabajo y tu día ideales

La visualización es una forma interesante de lograr que nuestros propósitos funcionen, lo que nos puede motivar a caminar hacia nuestros objetivos.

Para saber cómo sería nuestro día y entorno ideales, deberíamos contestar estas preguntas:

  • ¿A qué hora te levantas? ¿Es adecuada para tus propósitos? ¿Cuál es tu rutina matutina? ¿Puedes simplificarla?
  • ¿Cuál es tu propósito u objetivo más importante? ¿Qué necesitas hacer hoy para lograrlo? ¿Lo has planificado adecuadamente?
  • ¿Cómo está tu entorno de trabajo?
  • ¿Lograste coger el ritmo? ¿Cuántas horas al día quieres trabajar?
  • ¿Con qué personas pasas o utilizas la mayor parte de tu tiempo?
  • ¿Tienes aficiones? ¿Leer? ¿Bailar? ¿Videojuegos?
  • ¿Qué haces antes de ir a la cama? ¿Vas siempre a la misma hora? ¿Retrasas el momento de irte a la cama? ¿Tienes una rutina para ello?
  • ¿Cómo te sientes?

Tras todo lo expuesto, imagina cómo podría ser tu día, cómo te gustaría de manera que te motivase a realizarlo de esa forma.

Trabaja en tareas pequeñas que, posteriormente, se podrán incrementar una vez acostumbrados

Si logras trabajar en el marco temporal de un día, necesitarás tener una visualización del día perfecto. El siguiente paso es llevarlo a cabo. Ahora, te toca decidir cuál es la actividad más importante para tu propósito y realizar una pequeña tarea que te encamine hacia su final. No hay que realizar grandes cargas de trabajo: al realizarlo de esta forma, logramos implementar un hábito donde la perseverancia es más importante que la cantidad. Si empiezas hoy fraccionando el tiempo en pequeños trozos de quince minutos intercalando el descanso que consideres oportuno, y lo haces lo mejor que puedas, al cabo de unos días podrás aumentar varios minutos el tiempo de cada fracción de trabajo. Lo irás aumentando hasta que alcances el tamaño de sesión de trabajo que descubras que te permite desarrollar tus tareas porque sea el que mejor se ajusta a ti.

¿Recuerdas que hablamos de tu día ideal de trabajo? Si es así, aprende, adáptate y actúa. Si no, repasa lo escrito.

Utiliza la regla de los dos minutos: adoptar un nuevo hábito no debería llevarte más de dos minutos en hacerlo

Empezamos a avanzar en nuestro camino para evitar la procrastinación: si puedes hacer una tarea en dos minutos, hazla sin pensarlo. En muchas ocasiones es muy difícil encontrar la motivación o el motivo que nos ayude a iniciar la actividad, en nuestro caso de escribir.

Incluso aunque sólo queramos escribir durante quince minutos sobre algo sencillo, puede que no logremos nuestro propósito. Es el momento de advertir que sólo estamos obligados a trabajar durante dos minutos. Ni lo pienses, empieza ya. Y cúmplelo. Antes de que te des cuenta, habrás entrado en el ritmo de trabajo y te olvidarás de aquellas actividades que quieres hacer que te sacarían de tu propósito. Entonces, en este momento, debes contemplar que hay que repetir lo logrado, hasta que lo mejores: empiezas a ganarle la batalla a la procrastinación.

Implementa el método de la cadena en el calendario

Utiliza un calendario de pared que tenga todos los días en una sola página y colócalo, si puedes, en una pared. Con el calendario, utilizarás un rotulador rojo de punta gruesa. Cada día que hayas logrado realizar la tarea de escribir programada, cruzarás con el rotulador ese día. Tras varios días en que hayas hecho tus tareas, verás que hay una cadena de equis, sobre todo cuando logras realizarlas durante un par de semanas seguidas. Ver lo conseguido, nos hará sentir bien. Entonces, un nuevo propósito surge: ¡no rompas la cadena!

Procrastina cuando procrastines: pospón a mañana el comportamiento negativo

En 1984 de George Orwell, cuando los miembros externos del partido único están torturando a Winston (el protagonista), tratando de doblegarle, y mientras le golpean repite, mentalmente, la misma frase: “Confesaré, pero no todavía. Debo aguantar hasta que el dolor sea insoportable. Tres golpes más, dos golpes más, y entonces les contaré lo que quieren”. Esto le mantuvo pensando. Habitualmente, cuando queremos adoptar un buen hábito, tendemos a procrastinar. Posponemos el comportamiento positivo. Sin embargo ¿y si usáramos el comportamiento negativo en nuestro beneficio?

Pongamos, por ejemplo, una situación común: ahora que es verano, es habitual que se nos antoje el comer helado, pero debemos comer sano. Utilicemos el marco temporal de las 24 horas que hemos hablado. Hoy, prescindiré del helado para comer sano porque mañana el helado va a ser mi recompensa por el esfuerzo del día de hoy. En el caso de que sea con nuestra rutina de escribir, puede que se nos apetezca algo mientras estamos o escribiendo o nos vamos a poner a escribir. Utilicemos esa apetencia como recompensa para el día siguiente al que realicemos la tarea. Os comentaré mi experiencia: lo hice. Al levantarme por la mañana, me propuse escribir un artículo. Y llegó un momento en que se me hizo muy apetecible tomarme un helado. Fue muy difícil resistirse, pero logré hacerlo. Cuando pensaba en el helado, me decía que lo comería al día siguiente, cuando terminase mi tarea. Me concentré en ello durante el día completo. Sólo eso. Terminé el artículo Y al día siguiente, me comí el helado. Es cierto que no lo logré a la primera. Tuve que hacerlo durante tres días, pero cada vez resulta más fácil. Así, logramos desembarazarnos de la procrastinación (del quiero otra cosa, no lo que estoy haciendo) y, así, desde entonces, lo estoy haciendo. Conforme más lo haces, más entrenas, menos te cuesta y mejor te sientes.

Date el reconocimiento positivo que mereces tan pronto como sea posible

La vida real no va a ser siempre perfecta o como uno quiere, pero el reconocimiento de lo que estamos haciendo, no sólo nos puede ayudar en nuestra cotidianeidad sino que, además, nos puede ayudar en nuestras escollos o dificultades diarias.

El problema es que buscamos ese reconocimiento de nuestros resultados, de manera que sea rápida, porque es crucial para nuestra motivación. Por ello, debemos utilizar este reconocimiento como un elemento de la retroalimentación emocional que necesitamos para lograr nuestros propósitos, porque este mecanismo nos dirá si lo hacemos bien o no.

Mi ejemplo: no estaba motivado para escribir un relato de diez mil palabras porque creía que no estaba preparado para escribir de esa temática. Me saboteaba a mí mismo con otras tareas que tenía que cumplir, intentando evitar cumplir el plazo que me habían dado para presentar el resumen de la historia. Realmente, llegué a pensar que no era importante que publicase, sino que escribiera. Pero, gracias a la conversación con los editores y mis profesores de Narrativa (feedback positivo), logré ver que era importante intentarlo, salir de la zona de confort. A pequeños pasos: primero, el resumen. Luego, intentaría hacer el relato. Con mucho trabajo, logré presentar el resumen. Una vez superado ese escollo, y aceptada mi propuesta, recogí el reto de realizar el relato. Y no fue mucho más difícil que hacer el resumen. Y lo logré. La siguiente tarea fue someterlo al criterio de los lectores cero y de los editores: las correcciones. Y, se supera. Es normal que no viera lo que iba a suceder pero, a toro pasado, debo mirar atrás (sólo para algo positivo) y ver cómo he logrado realizar mi propósito aunque pensara que no lo lograría, a base de pequeñas tareas y del feedback positivo que recibía o que generaba yo mismo. Que puede que otros no logren hacerlo: de cada uno depende. Por ello, es importante que contemos a la gente que nos rodea (familiares, amigos, etc.) cuál es nuestra meta en la actividad que desarrollemos, en nuestro caso escribir. No sólo nos ayuda a relacionarnos, sino que hará que tengamos que realizar nuestros propósitos ya que, cuando nos encontremos con alguno de ellos, nos preguntará sobre cómo va nuestro trabajo y se darán cuenta de si somos diligentes o no con lo que queremos escribir. Si no tuviéramos esta retroalimentación, abandonaríamos o no sabríamos si estamos en el camino adecuado para lograrlo.

Procrastinación

Si has llegado hasta aquí, te darás cuenta de que si te propones una meta, y no la abandonas, tendrás resultados. Es más importante perseverar que hacer mucho: cinco minutos al día es mejor que no hacer nada en tres días y al cuarto escribir veinte minutos. Las pequeñas acciones, los pequeños pasos nos llevan a lograr grandes resultados. Entonces, evalúa lo que has hecho, adapta tus frutos y circunstancias para que te ayuden en tu progreso. Recuerda que todo depende de ti: es más fácil dar unos pasos que correr cien metros, y sobre todo que plantearte una maratón. Pero muchos pasos seguidos de dos minutos durante muchos días pueden hacer que llegues al final de tu novela con más facilidad que plantearte la misma meta a realizar a golpe de días escribiendo ocho horas.

Por | 2017-08-29T11:20:56+00:00 9 agosto, 2017|Psicología del Escritor, Recursos Narrativos|Sin comentarios

Acerca del Autor:

Juan Luis García

Juan Luis nació el primer día de 1968. Llegó al colegio con tres años, no sabe si por el tamaño de su cuerpo o de su curiosidad. Escribió de pequeño pero los profes de la época le desanimaron tanto que se encaminó hacia las ciencias. Estudió Biología aunque quiso ser médico pero descubrió que la naturaleza se defiende con una toga y, ya de mayor, tras aprobar unas oposiciones del Estado, estudió Derecho con dos niñas en el mundo y una compañera inigualable. Lector empedernido desde la escuela, donde su profesora de Ciencias le mostró a un Asimov que las explicaba sin ser aburrido llegó a leer libros impensables en la actualidad con 8 años como la Ilíada o La Odisea. Incansable buscador, artesano del pan y del jabón, probó un curso de verano en Factoría de Autores para leer mejor y recordó lo que le gustaba escribir y contar sus inquietudes. Continúa formándose en escritura y desde ese verano de 2015 intenta no dejar de escribir, ni de aprender.