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El artista y los demonios con los que debe luchar

Creo que todos pasamos por ello en algún momento; un día, simplemente, decides que vas a intentar ser escritor. Puede venir de lejos o ser un impulso más reciente, eso no importa. El punto es que la idea se te pasa por la cabeza y se queda ahí dando vueltas. No sólo quieres escribir, quieres intentar hacer de ello un modo de vida. Y ahí es donde empiezan los problemas.

En este artículo no os voy a hablar del romanticismo de ser escritor o de lo difícil que resulta publicar o ganarse la vida con la literatura. Lo que quiero es hablar de todas las barreras psicológicas a las que vamos a tener que hacer frente. Algunas vienen por el papel que se otorga al arte en la sociedad, otras de nuestro entorno inmediato y otras, quizás las peores, de nosotros mismos.

El miedo a que nos juzguen

Voy a empezar hablando de algo que todos hemos sentido alguna vez; aunque creamos arte porque sale de nosotros, queremos la aprobación de los demás. Queremos que guste, que emocione o que entretenga. Deseamos que nuestro esfuerzo tenga un sentido para los demás y, por lo tanto, para nosotros mismos.

Es una necesidad natural e inseparable de la creación artística, toda obra intenta llegar a un público. Si lo conseguimos, entonces podemos reafirmar la validez de nuestro arte y tener más confianza en nuestras habilidades.

Pero para muchos artistas, y no tengo ninguna vergüenza de incluirme aquí, creer que lo que hacemos vale la pena es muy complicado. Son muchas horas invertidas en un aprendizaje que no tienen un beneficio claro y directo. Tiempo que hemos tenido que sacar de otro lado. Y no podemos saber si ha valido la pena incluso cuando un pequeño público nos diga que hemos hecho bien.

Buscamos la aprobación general por la sencilla razón de que en la medida que a más gente le guste lo que hacemos, más probable es que sea objetivamente bueno. Pero acceder a un público amplio no es nada fácil. Y quizás aunque lo logremos la inseguridad seguirá ahí, cada día, machacando a la persona que tiene el valor de exponerse al juicio de los demás.

A algunos, ese miedo les paraliza. Hay personas con mucho talento que se convencen que no vale la pena intentarlo y pasan su vida deseando algo que nunca se atreverán a buscar activamente.

A otros el miedo les ciega. Lo compensan convenciéndose de que son lo bastante buenos para llegar a lo más alto y olvidan que la muerte de un artista no sucede cuando ya no tiene éxito o pasa de moda, sino cuando deja de crecer y evolucionar como tal.

Los prejuicios sobre el arte

Pero no todos los miedos y las barreras proceden de nosotros mismos; muchas nos vienen impuestas.

Nadie en su sano juicio dirá que el arte, en cualquiera de sus expresiones, es algo superfluo en la sociedad. De hecho es uno de los motores que mantienen vivo nuestro desarrollo cultural. Es por eso que los artistas, en su papel de creadores de arte, son considerados parte de una élite de la que las personas normales no podemos formar parte, sólo conformarnos con admirar.

Aquí se produce una gran contradicción; la sociedad en su conjunto aprecia el arte y a los artistas, pero cuando un individuo dice que quiere convertirse en artista, todo su entorno le va a recordar que esa categoría está reservada sólo a unos pocos. ¿Cuántos aspirantes a actor se han quedado en el camino por cada gran estrella de Holywood? ¿Cuántos manuscritos se pierden en la maquinaria de las editoriales por cada libro que sale a la venta? ¿Cuántos músicos tienen que conformarse en tocar en garitos por cada grupo que llena estadios?

Que una persona normal pretenda convertirse en artista es como un campesino medieval que quisiera convertirse en noble; el sistema no acepta fácilmente que las individuos intenten cambiar su status quo.

Pero seamos sinceros y mantengamos los pies en el suelo; en algunos países es difícil, por no decir imposible, vivir únicamente de tu producción artística. Y no podemos olvidar que el porcentaje de las grandes “estrellas” en cada arte es minúsculo en comparación con todos los que lo practican. Con mucha suerte podemos encontrar a un Leonardo da Vinci en una generación.

Las expectativas nos juegan una mala pasada a todos. Los actores quieren ser Matthew Macgonahew, los músicos Ozzie Osbourne, los escritores Borges o Dan Brown. Todos queremos ser millonarios y, además, ser considerados genios en lo que hacemos. Son los grandes ejemplos con los que todos soñamos.

Pero cuando una persona dice que quiere ser artista, lo más normal es que sea realista y lo único que desee sea un trabajo relacionado con aquello que le gusta hacer. Pero les desanimamos igualmente, les recordamos que sólo hay un Shakespeare y que hay muchas personas con mucho talento que nunca reciben reconocimiento alguno.

Como sociedad apoyamos el arte pero no promovemos nuevas generaciones de artistas.

Ser artista significa morirse de hambre

A la gente le gustan los artistas, pero rápidamente juzgaran que tú, concretamente, no tienes lo necesario para serlo. “Quítate esos pajaritos de la cabeza y busca un trabajo serio que ponga un plato en la mesa”. Muchas veces nos lo dicen con buenas intenciones; no quieren que arriesguemos nuestro futuro por un sueño. Nos quieren proteger y, cuando lo hacen, nos cortan las alas.

El entorno inmediato suele hacer que las personas sientan miedo de “intentar ser artista” porque tienen la imagen de esa élite inalcanzable. Es igual de difícil sacarse el título de medicina y encontrar un trabajo que no sea precario, pero parece una intención mucho más sensata.

Y una pequeña conclusión

Para terminar quiero decir que este artículo no es un alegato a “sigue tus sueños y el universo conspirará para que lo logres”. Lo siento, pero eso es una tontería. Tienes que ser realista; con las opciones de conseguir lo que te propones y con tus propias habilidades. Tienes que mejorar constantemente si quieres lograr algo. Pero no dejes de intentarlo sólo porque te da miedo el fracaso.

Y para los demás, para los que compartís la vida con alguien que quiere ser artista; intentad comprender la carga que eso supone, los miedos y los prejuicios a los que hay que enfrentarse. No digo que apoyéis incondicionalmente a alguien porque eso no le hará ningún bien, pero entended que a veces esa persona estará luchando con muchos demonios que tiran de él (o ella) en muchas direcciones distintas.

El camino para convertirnos en quien queremos ser es siempre más fácil si lo hacemos acompañados.

Y si necesitáis una pequeña dosis de motivación, os recomiendo una de mis principales fuentes cuando las inseguridades empiezan a comerme por dentro: Zen Pencils.

Por | 2017-04-28T10:14:47+00:00 7 Abril, 2017|Psicología del Escritor|Sin comentarios

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